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Marimandi, una solterona del montón realiza su especial análisis sobre la utilización de las nuevas redes sociales para el coqueteo/ligoteo/confusión. Una que parece que haya salido del catálogo de la burda de los años ochenta cuando después de lo que todas sabeis, quedar con amigas, elegir modelito, cambiar modelito, maquillarte, retocarte, sales a la calle, de juerga y ligas. Diossss, la morena

ha ligado. Un comentario que suele extenderse en boca de tus amigos que en el mejor de los casos se queda ahí, agradecer tener un grupo de amigas de esas que tienen vergüenza ajena y no como algunas de las mías te reciben con una ola de esas propias del mar cantábrico en plena resaca marítima.
Cuando has conseguido lo que se supone más difícil se pone en marcha la maravillosa maquinaria de una cita. Que si te tomas una caña, no una detrás de otra, que se sube enseguida y sino pareces el barrilete de cualquier San Bernardo que se precie. Cuando has pillado el puntillo ese de la risa fácil, no esa que te hace parecer fácil, todo esta preparado para irse a casa con dos besos y un… cuando yo ligaba, hablamos del mesozoico, te decías al oído nos vemos el próximo viernes por aquí… y el siguiente viernes oteabas el bar descoyuntándote el cuello a la espera del tío de la semana pasada, siempre acompañada por tu amiga que las cortas de vista es lo que tenemos y esperando ese susurro… esta es mi morena.
Y ahí empieza tu segunda cita que acaba en la calle chupando frio y con algún arrumaco de esos llamémosle tímido hasta que una de tus amigas, esas de la maravillosa ONG, “salvemos a una soltera”, te deja las llaves de su casa para intimar. Y el contacto se mantiene conforme pasan los días hasta que un día descubres que él ya no está y sitúas tu mirada en otro chico mono, porque claro cuando eres universitaria, vives rodeada de pendientes de coco, barba de dos días y pelos revueltos, sin incidir en los quechuas, los pantalones de monte y las zapatillas. Y al tiempo te das cuenta que esa sabrosa libertad, lo es, lo de sabrosa porque tienes bombones por doquier.
Ahora, unos años después, cuando consigues otear un chocolate, ten por cuenta que será sin leche, de esos bien amargos porque ya no estas en la universidad y te pasas o el Facebook, muy recurrido, para alparcear la vida y milagros de ese moreno que sonríe de soslayo y que es inmensamente conocido en tu ciudad. Y con ese miedo, ese echarse para atrás vaya a ser que las amigas de la ola se cosquen del movimiento y se apunten a la fiebre del codazo cada vez que os crucéis por la calle. Porque sí señor las tías sufrimos la fiebre del codazo cuando nos enteramos que una pilla y si es en el pueblo mejor, porque codazo va codazo viene, al final tienes las costillas como el tambor mayor de la cofradía.Y ahí es cuando empiezan esas conversaciones sin sentido, donde los dobles sentidos, son un arma de doble filo, donde temes que el otro haya sufrido un ictus al otro del ordenador porque tarda más de tres segundos en darte respuesta y donde las frases celebres se suceden, todas ellas pactadas con el consejo de guerra, vía whassap, como si de una plane jane se tratara.

Y ahí te das cuenta que han pasado los años y que ese quedar en los bares ni es igual ni se le espera y que ahora se llevan las discusiones por vía cibernética que se suceden sin parar porque ni nosotras entendemos los planteamientos distraídos de ellos ni ellos comprenden ese afán por tenerlo todo atado que poseemos nosotras de manera innata, de manera natural.

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