EGOISMO POST-TRAUMÁTICO

Image

Como en todo en tu vida, lo que pica y escuece ayuda a crecer. Pero ¿y qué pasa con las consecuencias de esos tropiezos? Hoy Marimandi, una solterona del montón analiza la enfermedad del egoísmo post-traumático.

Cuando, como todos los que leéis Marimandi, os han dejado aparecen muchas dolencias de esas invisibles que se pegan a la piel como si fuera chapapote, es el caso del egoísmo post-traumático. Es esa sensación que tienes cuando eres un enano y aprendes a andar en bici. Tras una caída épica, tu madre con la mejor intención del mundo, vuelve a subirte en el cacharro del demonio, y tú sacas de ti todos los malos existentes para no pedalear tan si quiera.

Pues cuando has llegado a ese punto en el que ya no quieres ni ver aquello que se llama relación estable, ni oler las discusiones de pareja tontas ni paladear los celos tontos por miradas despistadas, te llega la actualidad llamando a tu puerta y es que vives rodeada de parejas. Parejas cansadas que no saben que decirse, parejas en las que el tío te echa los trastos, parejas en que los dos van por caminos distintos, parejas que se quieren pero sin saber cuanto, parejas que sabes de demasiada tinta lo mucho que se quieren y parejas que simplemente nunca se han querido. Pero parejas. Y tú que ya has pillado el tranquillo a congelar la crema de calabaza, que ya sabes que para ti sola con una tacita pequeña de café llena de arroz hay suficiente te conviertes en la confesora de penas, lágrimas y demás putadas sentimentales que los demás viven por ti.

No se dan cuenta que para todo eso, existen libros y los hay muy buenos, sobre las penas y sinsabores del mundo pareja, o simplemente, te sirve con releer tu diario personal y regodearte de nuevo en el dolor plañidero que hace unos menos supuraba por esos 60 kilos en canal de pena, depresión y fajas ajustadas. No, porque la soltería a parte de traerte un nuevo manual sobre las medidas culinarias te trae una agenda B, con tiempo libre para todo el mundo, para poder escuchar las penas con una madurez insospechada e incluso para dar consejos coherentes. Y ahí te pones frente a tu amiga A, que también la dejó el novio, que también sufrió como tú y que ahora, suspira, sonríe y habla con el espejo a la espera de que su moreno llame a la puerta. Y tú, con el rabillo del ojo todo decorado, también suspiras escuchando los pormenores de unas conversaciones de esas llamadas, sosas, tontas y sinsentido que todas las parejas primerizas suelen mantener.

Al día siguiente tienes mayor suerte y te toca, como no, la que atraviesa una pequeña crisis. Una crisis que dura más que el hambre en el mundo y que no se soluciona con ningún remedio casero de los tuyos. Ni cenas, ni baños de espuma, ni nuevas posturas, ni nuevas conversaciones… Pues ella un día más te expone el aburrimiento que supone hacer la misma compra, los mismos días y de la misma manera sin entender que tú también te estas aburriendo de hacer tu compra, aburrida, de pavo y ensalada y haciendo las delicias de tu congelador que no entiende que todo está hecho para parejas y familias.

La amiga C se siente despistada. Un despiste que tú, maliciosa, llevas presintiendo desde que la conoces y que no logras adivinar porque ella sí y tu no. Y no es envidia, ni pelusilla, es justicia divina, que para eso te aprendiste el Credo a pies juntillas. Y ella te explica que claro, que se quieren mucho, pero hay algo que les separa, alguna razón por la cual la vida y el destino es caprichoso y quizás sea porque no tienes nada que ver. Y que por muchos intentos, constantes conversaciones sobre el futuro y miles de planes, todo cae porque uno vive con los pies en el suelo y la otra vuela con la abuela de Mary Poppins, buscando un tiovivo en una pintura a la tiza.

Y con todo eso, te sientas en tu sofá, biplaza, que tampoco los hay para solteras y piensas que apenas has prestado atención a todos los problemas sentimentales que crecen a tu alrededor. Y que todas tus amigas han sembrado a mansalva sin pensar en la recolecta que, tú, soltera y desocupada, debes hacer. Y piensas en ese sentimiento negro, pegajoso pero a la vez, dulce que crece por momentos dentro de ti. Ese egoísmo post-traumático tras ruptura que te empuja a preocuparte lo mínimo, o sólo a aparentarlo, porque dentro de ti hay algo latente, algo que palpita con cada anécdota, que en ocasiones se traduce en alguna lágrima también despistada y que te recuerda que el hielo también se derrite y que el acero con el calor logra ceder como la plastilina.

Gracias pero no… será mi lema, gracias pero no me interesa, y gracias pero creo que es mucho para mí, gracias pero acaso piensas en mí serán los próximos tatuajes que pondré en la frente a golpe de repeticiones para hacerme ver que el egoísmo, a veces, no es más que comprarse un nuevo escudo antimisiles sentimentales.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s