LA RECETA DE LA FELICIDAD

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Hoy Marimandi se mete en harina para explicaros que las solteronas del montón también conocemos la receta de la felicidad.

Chicas hoy toca hacer gala de esas habilidades que se nos presuponen por ser mujeres, la cocina. Tú nieta de la abuela de Tarradellas que no hace pizzas pero que domina a la perfección cualquier cocido, guiso, sopa, asado…Y tú hija de esa mujer que a lo Ferrán Adrià prueba toda clase de transmutación alimentaria como la mousse de cangrejo o flan de pimientos. Un avance en la cocina creativa que finaliza ahí ante la imposibilidad de contar con nitrógeno líquido, porque si lo tuviera a mano, te haría los huevos pasados por agua como si de un tamtam indio se tratara.

Y tú que sí que eres apañada pero nada espectacular intentas marcarte un tanto y decides consultar el libro de las 1.000 recetas, fáciles y rápidas, de no se quien. Un libro que parece la trilogía del señor de los anillos para la cual también necesitas un diccionario, no en elfico, éste cocina-castellano, para conocer el significado de palabras tales como marcar, atemperar o espumar. Todo ello sin contar con los coqueteos con el francés que te obliga a poner morritos de piñón cuando te das el placer de pronunciar algún palabro vinculado con la pechuga de pollo a la no se qué con una tempura de que no se que otro.

Y justo al final, entre páginas, descubres una hoja amarillenta con unos trazos muy definidos. Es tu letra y en la misma está la receta de la felicidad. Guauuu que avanzada era yo ya con 12 años, yo y todas mis amigas, que creíamos que poniendo las cosas por escrito se cumplirían. Éramos una copia exacta a mamá pero sin ganas de aprobar y sin tufillo monjil. Adiós al “Virgen Santa, virgen pura haz que apruebe esta asignatura”, para ser más ambiciosas y pasar directamente a escribir la receta del amor… INCAUTAS…

Te sientas y decides leer de manera minuciosa como era el mundo a tus 12 años. Como abrazabas la felicidad y si estaba ya estaba vinculada con el amor, cuando tú, una de las más avanzadas de clase ya habías dado algún beso en la mejilla y habías conocido de cerca al que sin duda será tu tensión sexual no resuelta con los 27 recién cumplidos. Y ahí descubres que tienes delante la posibilidad de volver a ser feliz. Con una media sonrisa inicias la lectura.

INGREDIENTES:

1 kilo de amor

500 gramos de paciencia

100 gramos de predisposición

20 gramos de empatía

Una pizca de candidez

Un garbanzo de pasión

Y dos onzas de autoestima para recubrir

Y te quedas mirando, con la boca abierta, pensando como tú con 12 años en plena ebullición preadolescente eras consciente de palabras como pasión. Pero mucho más significativa era tu avidez a la hora de entender la importancia de la paciencia, predisposición y qué me dices de la empatía. Que seguro que pensabas que era algo vinculado con la tita Merche. Y te das cuenta que esa cría tenía entre las manos el santo grial de la felicidad, que se podía cuantificar en gramos y era asequible. Y tú con 27 años y un día de perros te ríes de lo ilusa que eras, pero te permites unos segundos después, llamarte ilusa a ti misma ahora, porque había algo tangible que te permitiría enseñar tus dientes torcidos y luchar contra las arrugas de expresión.

Así que te pones manos a la obra y decides arrancar con el kilo de amor. Madreeee y eso donde se encuentra… no sabes si el amor debe ser de pareja en ese caso habrá que modificar la receta, bueno nada diferente a tu madre, que a falta de harina de trigo se las apaña con la maíz. “No hará la subida igual pero todo se arregla con un poco de levadura”, y en este caso ¿qué es la levadura? Bueno supongo que el amor de madre vale por dos, así que echaremos en el bol el amor de hermana, de amiga, de amigo, de familia y doble ración de madre a ver como sale. Y un poco de amor de ese moreno con barba de tres días que te mira cada viernes y no se atreve a decirte nada. Esto lo ponemos para reforzar el sabor, es la pizca de sal, siempre necesaria en un pastel.

Venga más. Ostras paciencia. Pues creo que de eso no tengo suficiente. Sé que tenía un paquete entero en la despensa pero la bolsa tenía un pequeño poro y ha ido perdiendo. Ha perdido con los problemas ajenos, ha menguado con los propios, se ha rebajado con los consejos y uffff, no me llega, no me llega… A ver si permuta por otro tipo de capacidad como el saber escuchar… de eso a veces también voy corta, pues a ver si puedo rascar algo de capacidad resolutiva, creo que de eso voy muy bien y siempre le puede dar un sabor mucho más… áspero pero no por ello menos interesante.

Uiii la predisposición, de eso voy sobrada, la podría exportar y creo que si fuera pan quitaría el hambre en el mundo. Predispuesta a la escucha ajena, también teniendo en cuenta, que mi audición es selectiva y me disperso con facilidad. Predisposición a creer en toda clase de remedios y filtros como las citas a ciegas, el conocimiento de gente nueva o el rescate de viejas glorias con tensiones. Predispuesta a seguir recibiendo reveses de la vida con la cara por delante y con la certeza de que la torta picará de todas todas.

Empatía, empatía. Pues con la dieta decidí dejarla de lado un poco, tanta empatía me engordaba, me generaba gases y al final me avocaba a una intolerancia que sigue patente. Por eso la he apartado de mi menú diario pero puesto que la receta lo requiere volveremos a probarla. No nos vendrá mal.

El problema viene con la candidez. Esa palabra que será estupenda con 12 y con 27 es una quimera que has superado con los años. Cándida fui ahora soy más Dolores, pero bueno a ver si puedo apurar el paquete de sonrojos por miradas ajenas, de risas nerviosas con algún acorde de trompeta o de alguna visita furtiva a algún bar para forzar un recuerdo mutuo.

Llegan los garbanzos y no cualquiera, de pasión. Buenoooo, de eso no me acuerdo, y si tengo que hacer memoria, pues nada intentaremos acordarnos de lo que sentías, lo que te cuentan tus amigas y que gracias a la empatía, ves ves como sirve de algo, y seguro que conseguimos un sabor bien parecido.

Toda la mezcla va al horno, a fuego a tope, un horno que últimamente no está para bollos pero que creo que no dirá nada por una tarta. Un dulce que quiere ponerle los dientes largos a la dieta en la que está una sumida y que sólo aplauden los pavos de corral, en todas sus acepciones, pechugas, hamburguesas, muslos y la ensalada de la huerta sin apenas aliño.

Hoy me salto la dieta porque la felicidad bien se lo merece. Y cuando ha subido el bizcocho menos de lo que debería todo por culpa del amor, es lo que tiene el cambio de ingredientes, toca la cobertura. Y ahí la jodemos pero bien. Porque ni onzas, ni gramos, ni nada. De autoestima estamos bajo mínimos y creo que no tengo dinero suficiente para comprarla. Y no hay nada que la sustituya, nada que te permita enmascarar su falta y por la cual muchas veces mi inseguridad queda tatuada por todo el cuerpo sin posibilidad de borrar, ni con Fairy ni KH7, ese tufillo a “me siento una hormiga sobre el culo de un elefante”. Y tras pensar mucho rato creo que con un poco de azúcar de personalidad, un aroma de responsabilidad, unos trocitos de autoexigencia y esas risas que de vez cuando se me escapan de la boca queda concluida mi receta de la felicidad.

Y no es la auténtica y seguro que no sabe a felicidad pero sabe a Marimandi en expansión con una reminiscencia del sentirse bien y alguna pincelada de lo que fue, de lo que se quedó y de lo que seguramente no volverá.

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