NADA ES NADA…

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Marimandi, una solterona del montón analiza las situaciones más ¿rocambolescas? que llegan tras la palabra Nada. El que nada no se ahoga pero valdría más bucear cuando a nosotras, las mujeres tranquilas, maduras y estupendas se nos atraviesa ese nada como el santo grial de las paranoias masculinas.

 

Quién no ha tenido una cena romántica con su chico/pareja/rollete y se ha sentado en el sofá a ver cualquier cosa para nosotras, una gran película para ellos, y se ha desencadenado la segunda guerra mundial tras un inocente NADA.

 

   -¿En qué piensas?

   – En nada

 

Y aquí se genera el desastre…

 

        No me creo que no pienses en nada…

        Estoy viendo una peli, ¿en qué quieres que piense?

        En nada, en nada, pero no me lo creo

        Ufff (suspiro por la pérdida sistemática de paciencia)

        Ufff (suspiro de derrota por no saber que piensa el macho alfa)

        ¿Y a ti te pasa algo?

        Nada.

 

Y ya se ha montado el belén padre. Porque acaba la película, vais a la habitación, te cepillas a conciencia los dientes intentando acabar con la placa bacteriana pensando en qué es lo que a tu pareja le hace admitir que no le pasa nada. Te pones el pijama y te acuestas a 20 centímetros prudenciales dando un beso en la mejilla y esperando un acercamiento por parte del que nada sin ahogarse a la espera que se te rebaje la presión de cafetera de las de antaño.

 

Tú que eres digna, cierras los ojos, pensando que él es retrasado a la hora de pensar que respiras con fuerza bufando cual hombrizo llegado de juerga sin darte cuenta que estas más rígida que una puerta a la espera de que encuentren tu llave para acabar con un enfado de chiquilla de morritos apretados.

 

En el mejor de los casos se desencadena la solución. Él que no quiere que se le hagan las mil se acerca a ti cariñoso y te pregunta…

 

-Venga dime qué te pasa.

-Nada.

– Nada no, algo te pasa.

 

Y ahí se abre el cajón de… y empiezas a llorar y aspirar mocos como el robot ese que te regalaron en navidad que atropella muebles, aspira calcetines y te muerde los tobillos cual perro del vecino apodado “pelucas”. Y ahí ya salen tus inseguridades, los problemas de comunicación que viven parejas ficticias que te inventas para dejarle claro que si “nada” de nuevo tiene un final claro y la necesidad “intrínseca” a las parejas de provecho de contarse cualquier estado de ánimo más allá de los bien, mal y regular, que tu quieres dar más empaque a una conversación que no tiene parecido ninguno a las notas de las EGB.

 

Y él tras más de dos horas de escucha selectiva, afirmación retirada cual gato dorado de la cultura china, comete un error de los que no hay vuelta atrás…

 

        ¿Ya has acabado…?

 

Y si malo es la respuesta peor es la falta de ella y tú coges tu dignidad y almohada y te retiras al sofá esperando claro está que cinco minutos más tarde aparezca con el alma a los pies, los ojos hinchados y la paciencia en edad de emanciparse a acogerte entre sus brazos. Te revuelves, lloras, pataleas y acabas fatigada en tu cama, tu príncipe te ha llevado a ella mientras sollozabas y él acaba en el sofá cansado, agotado y pesaroso por haber pasado de Guatemala a Guatepeor… buscando en qué punto le han cambiado a la fierecilla domada por el león de la Metro Golden Mayer sin avisar, así como quien no se entera.

 

Pero todo no acaba ahí. Y al día siguiente, el nada muta en ese brutal… tú sabrás. Y los tíos, pobres de ellos porque me dan pena, no saben lo que les espera. Porque nosotras queridas hemos tenido esas maravillosas maestras llamadas madres que utilizan esa expresión cada vez que quieren tocarte la fibra con todos los dedos de la mano. Y él corre al armario y se pone la equipación completa para sobrevivir a una tormenta que seguro amaina por el cansancio de los dos, la madurez a medias de la pareja, que volverá a decirse nada a la espera de sobrellevar un capítulo más de la maravillosa vida en pareja. 

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