YO CON NOVIO… ¿Y AHORA QUÉ?

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Marimandi, una solterona del montón se sube de nuevo a su corcel indomable de la escritura tras un parón necesario, terapéutico y casi fructífero. Ahora cambian de nuevo las tornas, madre mía, lo que es la vida y cuando menos te los esperas, cuando ya has abandonado la silkepil como elementos catalizador del sexo contrario, “chas”, aparece ese ente desestabilizador encima guapo, encima majo, encima estupendo y ¿tú que haces? Volver a los orígenes y comportarte como una cría de 15 años… Ya no te cambias de ropa en el hueco de la escalera pasando del vaquero que tu madre te ha comprado para navidad por una minifalda vaquera que por lo estrecha que es bien se podría parecer a los 15 centímetros que te sobraban del vaquero modelo mujer que tu señora madre entendió que debía comparte para favorecer esa línea, que no es recta, sino que tiene más curvas que el congosto de Benasque.

Te quitabas la coleta, de esas anchas, que no sujetaban nada… y que malos han sido los ochenta pero los noventa ni te cuento… te dejabas los rizos al aire, te mirabas en tu super espejo de bolso que todas vuestras amigas compartís cambiando el color. Te pintabas los morros cual pececito, de esas carpas naranjas que eran el pretexto perfecto para entender ya de pequeña que en esta vida no todo el mundo es feliz con una carpa que gustaba de suicidarse a las primeras de cambio, sin cartas, sin aparentes problemas, sin mediar palabra, sin sentido.

Y con tu bolso modelo, mínimo, en el que tenías que hacer una ingeniería superior para lograr encajar el monedero con cinco euros, el paquete de pañuelos de papel, importante si sales de botellón o tienes una amiga que vive la fiesta a su bola sin pensar en las consecuencias, mear en la calle o vomitar en una esquina, y si fumas ya ni te cuento… Con todo aquello ya previsto sales a la busca de tus copias exactas, de esas que comparten clase, mensajes secretos en la agenda y con las que en un futuro compartirás babas según el éxito del moreno guapo de clase y las ganas que tenga de compartir besos con todas las amigas de la cuadrilla. Y a triunfar… a emborracharte con una litrona de kalimotxo que te manchaba los dientes y te hacia irresistible a los ojos del chico raro, quizás el menos guapo, pero sí el más interesante.

De interesantes, hombres digo, está el mundo lleno. A unas les gustan con los dientes partidos. Señal de guerra. De Cicatrices en una ceja, señal de guerra o falta de reflejos en una batalla de piedras que se saldaba con algún corte en la cara o en la cabeza, lo propio del género masculino y que ahora con la treintena son medallitas de las que presumen cuando la noche se cierra y los cubatas se multiplican. Porque esa raza humana que duerme a tu lado a diario, que va al baño dos veces al día y con el horario establecido, que come por toneladas y que engorda por gramos, que es capaz de pasar página cada noche, que duerme a pierna suelta sin darle ni media vuelta a la cabeza por la chorrada del día, esa especie o raza es la que ahora con tus casi 30 años vuelve a tu vida.

Lo hace como lo ha hecho siempre. Pero tú eres distinta. Esa es la mentira piadosa que repites a tus amigas a sabiendas que ellas saben que no es cierto y tú eres incapaz de materializar. Vuelves a los 15, a probarte todo el armario buscando el modelo perfecto, ni un vaquero que marque, ni una camiseta que ajuste demasiado, ni que sea una batamanta. Unos zapatos cómodos, con algo de tacón, que te haga irresistible y no porque parezcas la churrera coja del barrio. Un toque de maquillaje, todo lo necesario para realzar los ojos, los pómulos y esconda esos granitos que esta semana se han instalado en la comisura del labio como si fueran la huelga silenciosa de los insatisfechos con la vida. Y sobre todo que te haga ser guapa, una diosa, la reina de la fiesta particular que él te tiene montada sin maquillaje, sin ropa y sin recabar en esa lencería estupenda que te has comprado adrede y en la que él ni repara… pero chica… si ya sabes que yo en eso ni me fijo. Encima lo reconoce.

Y tú vuelves a la rueda. Esa que niegas a tus amigas, esa rueda que te envuelve, esa que te hace estar estupenda en pijama, esa que te obliga a repasarte las pestañas sin que se note, que te obliga a ser refinada comiendo un kebab, modosita cuando conoces a su madre, graciosa con sus amigos y correcta con esos ojos que te miran directamente, que te disparan rayos X, como si te estuvieran haciendo una radiografía adivinando talla de pantalón, número de pie… y que siempre concluye con lo mismo… pues chica tampoco es tan guapa. Y encima lo dicen en alto.

También vuelve la risa tonta, los eternos minutos mirando su cara, así como una tonta, o simplemente las risas. Esas que ponen de manifiesto que vuelve lo bueno y que estás en lo mejor… y sabes que poco a poco llegará… la normalidad. Pero a pesar de ello te zambulles de pleno en toda la parafernalia del amor, te retractas del “quita, quita yo ahora estoy muy bien como estoy” y disfrutas. Te dejas disfrutar, lo justo también, que llevas la pistola del 39 en el “microbolso” de los 15 años a la espera de no tener que sacarla demasiado y sólo enseñar la empuñadura si así fuera necesario. ¿Donde han quedado los dientes manchados de kalimotxo? Con 30 impensable. Y que ese pequeño detalle desbarajuste tu cuento de hadas escrito por una cría de 10 años, reescrito por una 15, con una nueva edición que sacaste con 25 y con anotaciones al margen ahora con los 30.
Que nada, ni nadie, y cuando digo nadie es ninguna pelandrusca del tres al cuarto acabe con esto,… jajaja. Dios esa vocecilla maléfica siempre está ahí… y te sigue convirtiendo de esa mujer estupenda, maquillada, alta cuando se lo propone, con conversación fácil, risa contagiosa y muchos temas de conversación a una pequeña cucaracha negra, fea y aplastable a la primera de cambio. ¿Y qué? A pesar de todo ello, el guapo te ha mirado, le has gustado y encima… Ahora forma parte del ¿Y ahora qué? Vuelve Marimdandi, lo dicho, no sabemos si para quedarse…

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