¿DÓNDE VAS CON ESO?

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Tras la vuelta de vacaciones toca deshacer maletas, poner lavadoras y ordenar tu vida que ha cambiado un poco su rumbo en cosa de cuatro días. Sí las vacaciones nos cambian a todas las mujeres, son un salto al vacío en aquello de la relación incipiente, pasar más tiempo con el amor de tu vida, el que toca ahora amigas y también es la ranura de la caja de Pandora de todas esas manías/chorradas/morros arrugaos del que por vez primera hacemos gala porque maravillosas siempre es casi imposible. En este post Marimandi analiza el pre, el mientras y el postvacacional.

Llega la Semana Santa y planea sobre la cabeza de una la posibilidad de darte a conocer al completo, de darte a entender de mala manera con tus manías de chica soltera que no sueltas ni por todo el oro del mundo, aunque sea ruso el oro… ¿Para qué?… Si todas esas cosas son personalidad, la tuya propia mujer… si a mí me gusta todo lo tuyo… (si pudiera ahora mismo haría la trompetilla con los dedos) porque eso no es una mentira, eso es un embuste del tamaño de la torre de Pisa por lo de grande y por lo de poco recta.

A lo nuestro… después de dar la chapa consigues meter en la cabeza de tu nuevo affaire el hecho de irte unos “diitas” por ahí, nada serio, para airearnos y para ver mundo. Ni que fueras una princesa encerrada en una torre de papel pero chica que como dicen los catalanes… “qui no plora no mama…”. Y entonces se inicia la maquinaria esa de la vida normal… y los dimes y diretes de ¿y dónde vamos? Tú sabes perfectamente que esta vez será la primera y la única en la que tú cederás en pro del amor recién iniciado porque claro a tí, personalmente, te va más la playa que dorarte al sol que las escapadas por el maravilloso Pirineo, con las zapatillas de monte, las mallitas apretadas y esa chaqueta que te has comprado de extranjis antes de iniciar las vacaciones haciendo ver que hacía siglos que la tenías en el armario… tú toda maravillosa y él sabiéndose todos los nuevos modelos de cortavientos de la marca elegida. Felala, más que felala.

La segunda piedra en el camino es decidir, si vamos a dormir fuera o simplemente será algo de ir y venir. Y finalmente se escoge lo segundo porque total… si estamos aquí al lado… y tú lo agradeces y mucho. En este punto te das cuenta que a veces la mente masculina va siglos por delante y te ayuda a no retratarte de manera innecesaria porque date cuenta que salir a estas alturas de la película haría que tú en vez de llevarte una maleta de mano te llevaras la trolley. Imagina que vais a la playa… válgame dios bendito, un modelito si hace calor, un modelito si hace tiempo medio, dos chaquetas (que combinen) si hace frío, las zapatillas, unos zapatitos porque nunca se sabe y el nunca se sabe va en aumento y por supuesto la ropa comodín, el negro, porque entre tanto ocio y tanta comilona tu mente calenturienta se pone en marcha y ve las lorzas como los molinos del propio Quijote de la Mancha. A ello hay que sumar algún vestido por si me apetece, por supuesto y que no menos importante todas las joyas de la corona en una cajita y lo más más más importante todo el maquillaje. Que parece que hayas robado la sección de perfumería y maquillaje del Corte Inglés. Y para ti todo es importante, todo es irremplazable y todo es necesario. Porque nunca se sabe.

Y el nunca se sabe también se extrapola al viaje en coche. Y tú que llevas un bolso que parece la maleta no visible de Marco… que el mozo se recorrió el mundo con un zurrón… eso no se lo cree nadie, y llegas con tu bolsa de aprovisionamiento porque nunca se sabe cuando se acabará el mundo y si ha de acabarse que se haga con la tripa llena. Y tú que eres muy bien queda e imitas a tu madre en algunos menesteres aunque no quieras asumirlo compras una bolsa de aperitivos de cada clase, echas algo de azúcar, algo de chocolate y tres o cuatro tipos de refrescos para empapar. Y él desde su asiento, con el cigarro en la boca, te dice… y ¿dónde vas con eso? Tú parafraseando a tu madre contestas ya me pedirás algo ya… el cuento del nunca acabar y sigue porque tú en el bolso llevas tres paquetes de clínex, el tarro de crema, el protector labial y también los kilos de consejos de esos que va soltando siempre a lo largo de todo viaje en coche. Lo único que te falta y que sin duda llegará con los años será el dispositivo ese oculto que está en el codo de todas nosotras para cogernos del agarre de la puerta del copiloto… lo hace tu madre, lo hacen tus tías y lo sigue haciendo tu abuela.

Puestos en canción… hay que elegir la banda sonora para el primer viaje, las primeras fotos, los primeros silencios incómodos porque llega un momento que chica pareces el lorito de la vecina y casi es mejor mirar por la ventanilla y dejarse llevar por la música. Y ahí se abre otro mundo porque todo el mundo es lo que escucha… y menudo bajón imaginarse al hombre de tus sueños con el último disco de Pablo Alborán, que sí, que muy sensible pero a todas “nos pone” que sea Extremoduro, Loquillo o algo parecido lo que suena en su coche… en el fondo así lo pensamos y estamos con los dedos cruzados hasta que suenan los primeros acordes… suspiras y piensas… me he salido normalito.

En mi caso el viaje en coche es toda una odisea porque me mareo como una sopa. Como buena soltera te has acostumbrado a conducir, sola y autosuficiente, y ahora compartes el asiento del copiloto a sabiendas que tarde o temprano tu estómago dirá… “soy yo, el que está aquí… soy yo te lo digo a ti…” y está. Está ahí y las nauseas también, el dolor de cabeza como si estuvieras de resaca continua y sobre todo está esa dignidad tuya… y la respuesta “No, no, todo bien a su pregunta… ¿Va todo bien?”. Te piensas que es tonto y que esa blancura tuya tornada en un tenue amarillo pasa desapercibida… pues no lo hace aunque él sea él.

Y tachánnn… Llegas y delante de ti hay un sendero de piedras, un nada sólo es un par de horas, un cariño ves que bonito está el monte, un ves ya ye he sacado de casa… porque aiii amigas ese es el comentario más extendido entre el género masculino, ese que se recoloca el paquete a cada décima de segundo dice entre sus amigotes… “chica no se de qué te quejas porque ya te he sacado de casa”. Y tú entre risas y con el mal café más quemado que el torrefacto piensas para tus adentros… aiii arrieritos somos y en el camino nos encontraremos… nunca sabes cuál será tu comentario para estar a esa altura pero no será porque tú no vayas a intentarlo.

Y cuando ya te han sacado de casa y se te encara una subida de esas buenas… se inicia el desarme de las dos partes, porque el también juega con las cartas marcadas y ahí… ahí creo que es donde nace el amor porque el te mira ilusionado mientras híperventilas, tu lo admiras mientras saliva a la espera de acabar con la sed del mundo, porque tú te pones roja como un tomate mientras te palpitan las mejillas y la frente y él llega arriba sabiéndose que está hecho polvo pero muy entero… para decirte casi sin aliento… Ves mujer no era para tanto…

Y nada es para tanto y todo suma y sirve para conocer a esa personita que como tú se ríe entre dientes de tus chinadas monumentales, te observa muy atentamente mientras maduras como el tomate al sol y a pesar de ello, sigue no siendo para tanto que sudes, que el coletero cuelgue como un manojo de llaves mal colgadas o simplemente el maquillaje haya desaparecido… Porque se ríe de los kilos de gusanitos, ruedetas, pelotazos que vais a comer en los próximos meses o te perdona que lleves un bolso del tamaño de un petate militar al que te asomas para buscar un clínex, o cualquier chorrada y te mira embelesado cuando de vuelta a casa debe parar el coche en una cuneta y a distancia, siempre a distancia, te dice de la manera más seria posible ¿Cariño, estás bien?

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